Por Guillermo Correa, Director Ejecutivo de la Red Argentina para la Cooperación Internacional (RACI).
Vivimos tiempos en los que las palabras «crisis» y «recorte» se repiten hasta volverse paisaje. La credibilidad de las instituciones flaquea, los recursos escasean y el espacio cívico se estrecha. Para el sector social, este escenario podría leerse como una amenaza existencial.
Preferimos leerlo como una invitación urgente: la de reinventarnos a través de las articulaciones.
La lógica es simple, aunque su puesta en práctica exige valentía y humildad. Ninguna organización, por sólida que sea, puede hoy responder sola a la complejidad de los problemas sociales.
Los fondos se contraen, un reciente informe de la OCDE estima que la caída fue de entre el 9% y el 17% en la Asistencia Oficial al Desarrollo a nivel global en 2025, las demandas crecen y la ciudadanía exige resultados concretos. En ese contexto, la articulación deja de ser una opción deseable para convertirse en una condición de posibilidad.
Pero ¿de qué articulaciones hablamos? No de aquellas que se firman en un acuerdo marco y se archivan. Hablamos de las que se construyen en la práctica, con agenda compartida, confianza ganada con el tiempo y disposición real a ceder protagonismo en nombre de un objetivo común.
Entre organizaciones de la sociedad civil, las redes permiten compartir conocimiento, evitar la duplicación de esfuerzos y amplificar la incidencia. Una organización que trabaja sola en un barrio llega hasta donde llega. La misma organización articulada con otras que operan en distintos territorios puede incidir en una política pública. Esa diferencia de escala es crucial cuando los recursos son limitados.
Con el sector privado y el Estado, las posibilidades se multiplican, aunque los desafíos también. La clave está en identificar intereses genuinamente convergentes (no solo recursos disponibles) y en establecer reglas claras que preserven la autonomía de cada actor. Las alianzas multiactorales más exitosas no son las que disuelven diferencias, sino las que las reconocen y las ponen al servicio de un propósito compartido.
Con la cooperación internacional, el vínculo se transforma. Ya no se trata solo de acceder a financiamiento externo, sino de integrarse a redes de conocimiento globales, de aprender de experiencias de otros países y de contribuir, desde Argentina y la región, a debates que nos involucran a todos.
En RACI trabajamos hace más de una década en este puente, convencidos de que la información y las conexiones son recursos tan valiosos como el dinero.
¿Dónde buscar estas articulaciones? Donde hay problemas concretos y voluntad de resolverlos. En los territorios, donde las organizaciones locales conocen mejor que nadie las necesidades reales de su comunidad. En los espacios de formación y encuentro, donde se construyen las confianzas que luego sostienen los proyectos. En las plataformas digitales, que permiten conectar actores que de otro modo nunca se hubieran cruzado. Y también en los marcos institucionales: una política pública bien diseñada puede ser el andamiaje que dé escala a lo que nació como iniciativa local.
La crisis, paradójicamente, puede ser el momento más fértil para la colaboración.
Cuando los recursos sobran, cada actor tiende a resolver por su cuenta. Cuando escasean, la necesidad de sumar fuerzas se vuelve evidente. Lo vemos en las redes que se activan ante emergencias, en las alianzas que surgen cuando un financiador se retira y las organizaciones deben encontrar juntas una nueva forma de sostenerse.
Esto no significa romantizar la escasez ni ignorar el daño real que los recortes generan. Significa reconocer que, en el sector social, la capacidad de articular es en sí misma una fortaleza institucional. Las organizaciones que saldrán fortalecidas de este período no serán necesariamente las más grandes ni las mejor financiadas, sino las que hayan construido comunidad: con otras organizaciones, con el sector privado, con el Estado y con la ciudadanía a la que sirven.
El camino no es sencillo. Articular requiere tiempo, negociación y, sobre todo, la disposición a no ser el único protagonista de la historia. Pero los resultados, en términos de impacto, de sustentabilidad y de legitimidad, lo justifican ampliamente.
En tiempos de crisis, la salida no está en cada uno por su lado. Está en decidir, con convicción, que juntos llegamos más lejos.










