miércoles, mayo 27, 2026

La química uruguaya que transformó los residuos en una causa social

Ana Luisa Arocena, fellow de Ashoka en Uruguay, impulsó en su país un modelo pionero en esa materia, con foco en la transparencia, el trabajo colectivo y el triple impacto.

Por Andrea Vulcano

Cuando todavía Uruguay no había comenzado a transitar el camino del tratamiento especial de los residuos peligrosos, Ana Luisa Arocena -de profesión química farmacéutica- empezó a hacerse preguntas incómodas. Algo le hacía ruido y la incomodaba profundamente.

Sucedió cuando, en un primer momento, trabajó en una de las industrias farmacéuticas más grandes del mundo. “Aprendí mucho ahí pero, a la vez, me sentía muy fastidiada con la calidad de las buenas prácticas de la manufactura farmacéutica y la pésima calidad de las prácticas para la gestión de los residuos; no se hacían ni las más mínimas inversiones”, cuenta Arocena en diálogo con Intersección.

Frente a esas prácticas dañinas, naturalizadas y silenciosas, comenzó a encenderse la idea de lo que luego sería TRIEX,  una empresa social pionera del otro lado del Río de la Plata.

Con ella, Ana Luisa Arocena y su pareja, Ruben Martínez, crearon un modelo de gestión y tratamiento responsable de residuos especiales, orientado a la inclusión social y a reducir daños ambientales.

La empresa -de carácter autogestivo- impulsa la reducción de residuos de los productores, la transparencia de la gestión, la trazabilidad, la responsabilidad social, la generación de conocimiento y la innovación tecnológica orientadas a mejorar la calidad ambiental y aportar insumos para el diseño de políticas públicas.  Su sede y planta de tratamiento se encuentran ubicadas en el Parque Tecnológico Industrial del Cerro (PTIC), en Montevideo.

El origen

Hubo escenas que a Ana Luisa la marcaron para siempre. Una de ellas ocurrió cuando, en su trabajo en la industria farmacéutica,  le indicaron que tenía que descartar una serie de reactivos químicos vencidos o sin identificación. La mecánica le resultaba perturbadora: los vertían por la pileta del laboratorio. Eso la llevó a preguntarse adónde terminaban esos líquidos.

“Se lo consulté al jefe de mantenimiento y ahí me enteré que en esa zona no había saneamiento, con lo cual lo derramado iba directamente a un arroyo lindero. Yo sabía perfectamente el nivel de peligrosidad que eso implicaba”, recuerda. Su reacción fue inmediata: “Sentí que yo no podía ser cómplice de esa barbarie”, dice Arocena.

Entre lo ambiental y lo social

 La sensibilidad ambiental de Arocena no surgió de la nada. Ella misma vincula esa mirada con su educación y las experiencias que atravesó desde su infancia.

“Siempre tuve un perfil social. Tuve una educación católica, jesuítica, con mucho trabajo social”, señala.

También, destaca la influencia de su madre -a quien define como una persona “con una sensibilidad muy grande por lo ambiental”- y de su padre, ingeniero y empresario de la construcción, de quien heredó -dice- “las ganas de tener trabajos interesantes”.

 A eso se sumó otro momento decisivo: cuando aún estudiaba química farmacéutica, entre comienzos y mediados de los años ‘80, comenzó a colaborar con un sacerdote que trabajaba con niños y adolescentes en sectores vulnerables.

“Ahí conocí la actividad de las familias que viven de los residuos de la ciudad, los ‘clasificadores de residuos’, como les decimos en Uruguay. En la Argentina les dicen ‘cartoneros’”, apunta. Así, comprendió que, detrás de los desechos, existía una enorme trama social.

Fue entonces cuando se cruzaron sus dos intereses:  “Dentro de las temáticas técnicas ambientales, la gestión de residuos es -por lejos- una disciplina muy social. No hay modo de hacer algo con los residuos que no sea con la gente”, plantea en diálogo con Intersección desde Uruguay.

Cuesta arriba

 La idea de crear una empresa dedicada a la gestión de residuos especiales comenzó a tomar forma en los años 90, junto a su esposo, Ruben. El disparador fue el abismo que se le presentó ante la evidencia de que la industria en la que trabajaba, golpeada por las reglas del mercado, se encaminaba hacia su cierre. Y, efectivamente, pronto se quedó sin empleo.

Pero la semilla de un cambio ya estaba germinando silenciosamente: con la indemnización, entonces, decidieron apostar por un proyecto propio. “Recibí una buena indemnización y, con ese dinero, arrancamos el emprendimiento, entusiasmados y utópicos”, relata Ana Luisa.

Según cuenta, en 1994 compró el primer libro sobre gestión de residuos químicos de laboratorios. Después, cursó un posgrado en proyectos ambientales cuyo trabajo final consistió en diseñar “una empresa de gestión de residuos industriales ambiental y económicamente viable”.

 “Ruben se sumó como emprendedor económico y yo me formé en la parte más técnica”, recuerda. La conformación de TRIEX fue lenta, experimental y atravesada por dificultades económicas y regulatorias.

“En el 2001 nos contactó gente de la intendencia de Montevideo que quería recuperar una vieja instalación de una industria frigorífica ubicada en un lugar muy estratégico y lo querían convertir en parque industrial. Nos ofrecieron instalarnos en algo que era completamente informal, donde no había ni agua corriente ni electricidad, y no nos cobraban”, afirma. Se trata del espacio donde comenzó a funcionar el Parque Tecnológico Industrial del Cerro, el mismo predio en el que hoy tiene su base TRIEX.

Una empresa distinta

 Desde el comienzo, Arocena impulsó un modelo que buscó diferenciarse de las prácticas tradicionales del sector. “Había empresas muy acostumbradas a manejarse en la oscuridad, a tener una careta y ser otra cosa. Nosotros teníamos como bandera ser transparentes”, subraya.

Esa apuesta por la transparencia, asegura, fue una innovación en el mundo de la gestión de residuos en Uruguay. En ese trayecto, logró fundar -en 2014- la Cámara de Empresas Gestoras de Residuos del Uruguay (CEGRU), de la que fue la primera presidenta. “En el país no estaba madura la necesidad del rol del gestor de residuos”, sostiene.

Hoy, TRIEX funciona como una empresa autogestiva con 22 trabajadores y 11 socios con igualdad de voto.

“Es una experiencia riquísima que estamos viviendo, con muchas dificultades y dolores, pero con un recorrido satisfactorio”, resume.

La estructura horizontal acarrea tensiones: “No todo el mundo se siente bien en TRIEX. Hay una cierta rotatividad de operarios e incluso de socios que no resisten la austeridad y el hecho de que no tengamos una rentabilidad mayor”, asegura.

Triple impacto y perspectiva de género

Arocena define a TRIEX como una empresa de triple impacto. Y reconoce que el gran desafío es sostener simultáneamente las dimensiones social, ambiental y económica. “El principal reto es la pretensión de ser exitosos en esos tres capítulos”, plantea.

La perspectiva de género también atravesó el desarrollo de la organización. En un ambiente históricamente dominado por hombres, Arocena debió construir herramientas para pisar fuerte y ganar espacio.

Cuenta que leyó mucho sobre feminismo para entender “desde dónde tenía que protegerse” y que la autogestión llevó esas discusiones al centro de la empresa.

“Tuvimos un episodio de violencia sexual laboral, que hizo que un socio se tuviera que ir. Eso nos disparó una formación bastante profunda”, puntualiza.

Incluso, reconoce que también atravesó tensiones dentro de su propio ámbito  familiar: “La principal batalla -indica- se dio entre mi marido y yo”.

Una red internacional

 Aunque su emprendimiento nació con objetivos sociales claros, Arocena asegura que, durante mucho tiempo, no lograba autopercibirse emprendedora social.

“No fui yo la que me definí de esa manera sino la gente que me veía desde afuera y conocía cómo trabajaba”, sostiene.

El reconocimiento llegó y superó todo lo que ella había imaginado: en 2010, la organización internacional Ashoka la nombró ‘fellow’ y, desde entonces, acompaña y apoya su tarea.

Ser fellow de Ashoka implica integrar una comunidad global de líderes sociales seleccionados por el impacto, la innovación y la capacidad transformadora de sus proyectos.

“Ashoka fue clave”, destaca Arocena. El vínculo se construyó a partir de su trayectoria como docente en gestión de residuos y de su trabajo en la organización de la sociedad civil Compromiso Empresarial para el Reciclaje (Cempre). No en vano Arocena señala que “lo mejor” que le dio Ashoka fue el hecho de haber tendido redes.

Gestores de cambio

 “Queríamos meternos en las entrañas del sistema y cambiarlo desde ahí”, destaca la líder y emprendedora social. A sus 67 años, Arocena reconoce que uno de los principales desafíos que enfrentan en TRIEX es el recambio generacional.  “Tanto Ruben como yo no hemos encontrado figuras que pudieran sustituirnos”, relata.

Mientras tanto, mantiene intacta la llama con la que impulsó el proyecto:  “Somos del sector privado.

Somos una empresa porque queríamos meternos en las entrañas del sistema y cambiarlo desde ahí. Queríamos estar en esa liga”, subraya.

TRIEX nunca accedió al capital suficiente para construir una gran planta industrial como las que actualmente existen en países desarrollados. Pero logró consolidarse como referencia técnica y ética en Uruguay. “Hay muchísima creatividad para, con lo mínimo del dinero, llegar a tener un nivel industrial”, sugiere.

Esa tensión permanente entre precariedad, innovación y compromiso atraviesa todo el recorrido de Ana Luisa Arocena, una científica que vio en la gestión de residuos no solo un problema técnico sino una cuestión profundamente social, política y humana. Y que, desde entonces, nunca dejó de andar.

 

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