miércoles, abril 15, 2026

“La formación para la Sustentabilidad debe ser un trabajo en equipo”

Para Mariana Lomé, especialista en OSFL, la capacitación es clave en la gestión de las organizaciones. Aquí, reflexiona acerca de cómo superar el FOMO, generar impacto positivo y apostar a las soluciones colectivas

Por Mariana Lomé*, Centro de Innovación Social (CIS)Universidad de San Andrés

Lo dicen filósofos, psicoanalistas, periodistas. Estamos en la era de la aceleración y la complejidad.

La información circula y multiplicidad de voces aportan datos, tips, nuevas metodologías. Aparecen tendencias, se diluyen otras.

Y, sin embargo, muchas personas tenemos la sensación de que estas son películas que se proyectan alrededor nuestro, pero no llegan para solucionar problemas que pueden cambiar de forma, pero no de fondo.

¿Cuántos posteos de las redes sociales tenemos guardados en la carpeta Para leer el fin de semana?, ¿cuántos reportes y webinarios marcamos y quedan sin descargar o visualizar?

Por suerte, esta sensación – individual pero compartida en espacios con amigos, familia colegas, tiene un nombre breve –, es el FOMO (en inglés), o miedo a perderse algo. Y poder ponerle palabras, ya es algo que nos une y tranquiliza. ¡Estamos mal, pero estamos juntos en esto!

El antídoto

Esta reflexión acompaña la edición de Intersección que incluye una nota sobre la oferta de capacitación en temas de Sustentabilidad y Triple Impacto para este año. Y aún bajo el riesgo de que me acusen que como tengo un martillo todo lo que veo son clavos, tengo que decir que pensar en espacios de formación para quienes trabajamos con y para organizaciones que buscan generar un impacto positivo en la sociedad, estas opciones aparecen como el antídoto ante ese contexto que, por turbulento, exuberante y acelerado nos agota con apenas tenerlo de telón de fondo.

Porque sumarse a un espacio de formación, actualización, profesionalización implica poner en marcha un recorrido a una velocidad diferente, pero, además, un recorrido con otros.

Un programa de formación para profesionales insertos en un organismo público, una empresa o una organización de la sociedad civil implica, en primer lugar, poner pausa y dejar afuera por un tiempo al malvado FOMO.

En segundo lugar, es una inversión – y esto garantiza que automáticamente todos los involucrados esperemos un resultado positivo. Y en tercer lugar requiere una serie de compromisos, no siempre visibilizados, que exceden al de la persona que se inscribe en la actividad.

La pausa

Todo espacio de formación para adultos profesionales que ya cuentan con experiencia y un lugar al que deben llevar soluciones, implica un esfuerzo. El o la participante debe sacar tiempo de la galera y bloquearlo para participar.

En los espacios que implican una certificación hay que tener en cuenta el tiempo para preparar trabajos, reunirse en equipo, investigar o vincular lo aprendido con los desafíos del propio rol u organización.

Ese tiempo debe robarse de algún lado. A veces, del tiempo laboral. Otras, se quita a la familia, los amigos, el descanso.

Pero el esfuerzo personal no se mide solo en tiempo. Cuanto más sabemos, cuanta más experiencia tenemos, más energía tendremos que poner en cuestionar nuestras certezas pasadas, nuestras prácticas habituales, más espacio tendremos que hacerle a lo nuevo que trae la formación, siempre que, claro, queramos salir del proceso diferentes a como ingresamos.

La buena noticia es la que hemos aprendido de los alumnos y participantes de, por ejemplo, los programas del CIS en Responsabilidad Social y Sustentabilidad Empresaria (PROCARSSE, XIX edición); para Emprendimientos de Impacto (PROIMPACTO, en su cuarto año); para Ejecutivo de Desarrollo de Fondos (PROEDEFO, V edición) o en la Maestría en Organizaciones sin Fines de Lucro (que cumple 30 años en 2026): cuando el esfuerzo parece irremontable, de pronto aparece la curva de la energía renovada, de los nuevos hallazgos y redes entretejidos con docentes y colegas.

La inversión

Ya hablamos de la inversión y compromiso necesarios por parte de los protagonistas de la formación. Sostener y acceder a una formación en temas de Sustentabilidad implica otra serie importante de inversiones.

En primer lugar, la institución que genera el espacio debe tener algo que decir sobre el tema. Debe tener profesores inmersos en la temática desde la teoría, pero también desde la observación crítica y la aplicación en la vida real de las organizaciones. También debe asegurar la continuidad de la oferta, porque la única manera de que estos programas alcancen su mejor versión es el aprendizaje que generan sobre sí mismos en las sucesivas ediciones.

Por otro lado, es fundamental la inversión que hace la organización de pertenencia de los estudiantes: desde sostener la inscripción económicamente y/o a comprender que se debe resignar tiempo de productividad en el presente, para que esa productividad se multiplique en el futuro.

Hay una tercera inversión que es la de las instituciones y medios de comunicación que acompañan estas iniciativas. Los programas avalados por organizaciones líderes en el sector al que se destinan, por supuesto, se robustecen con la garantía y legitimidad que esos aliados aportan.

Y hay una cuarta inversión, quizás más específica y silenciosa, pero fundamental. Y es la que hacen las instituciones que se comprometen con becas para que otras instituciones con menos recursos puedan tener la oportunidad de que sus miembros accedan a formación de calidad.

Esta es una inversión altruista, pero también extremadamente inteligente: cuando una empresa otorga una beca a una ONG en un programa de formación está también asegurándose de que sus aliados en el sector social aumenten su profesionalización y multipliquen el impacto de esa inversión.

Los compromisos

Hablamos ya de algunos de los compromisos que asumen quienes se inscriben en la formación: tiempo y desandar certezas para abrirse a lo nuevo.

Agregaría el compromiso con la generosidad: la generosidad para compartir la propia experiencia, y para escuchar activamente la de los colegas. El compromiso con la honestidad de no tener miedo a preguntar, a dudar, a cuestionar; pero también con respetar las ideas diferentes.

Una formación con impacto requiere el compromiso de sus líderes y profesores con la actualización permanente, pero también con la fortaleza intelectual de mostrar el valor de aprender de lo que ya se ha estudiado y documentado seriamente.

Lo nuevo y lo que está por venir tienen que estar en el aula, pero la experiencia y los aprendizajes del pasado también.

El gran compromiso implica garantizar a los estudiantes que el contenido ofrecido, les permita fortalecer su mirada analítica, un criterio propio, y modelos mentales que les permitan que lo aprendido ahora, siga aportándoles capacidad de decodificar y resolver desafíos que quizás ni siquiera están planteados en el presente.

La formación implica tantas inversiones, que debemos tener el compromiso con la perdurabilidad y vigencia de las propuestas. Y con su calidad integral. Porque uno de los mejores resultados que puede generar la formación es una experiencia tan satisfactoria que predisponga a los participantes a querer ir por más.

La clave es que la formación abra la puerta del entusiasmo y la curiosidad, en esta sociedad en la que sabemos que deberemos ser aprendices por tantos años como estemos en el campo laboral.

El último compromiso que me interesa señalar en este espacio es el del liderazgo de las organizaciones de pertenencia de los participantes.

En el sector corporativo, la capacitación y formación son pilares ya clásicos de las políticas de gestión del talento. En las instancias públicas, la formación es parte de los créditos para hacer carrera. En el sector social es una necesidad totalmente identificada, aunque todavía no forma parte necesariamente de la estrategia de todas las organizaciones.

Pero más allá de la prioridad institucional que se le dé, es fundamental lo que ocurra cuando el o la colaboradora regresen a la vida organizacional con un nuevo certificado o título obtenido.

La persona que ha pasado por una experiencia de formación regresa a su lugar transformada, con ideas, con una nueva red de contactos. Ha representado a la organización en ese espacio educativo. Vuelve con ganas de generar cambios, innovar, probar nuevas formas de hacer.

Y es ahí donde entran en juego los liderazgos institucionales, que deben generar el espacio, proponer desafíos y depositar confianza en las nuevas propuestas. Cuando esto no ocurre, las probabilidades de que el talento se escape son grandes.

En definitiva, la formación para la Sustentabilidad debe ser un trabajo en equipo. Es una gran inversión que requiere de todos los actores mencionados para generar el impacto que tantos esfuerzos, alianzas, y compromisos articularon para encontrar soluciones colectivas en este mundo veloz, complejo, impredecible.

*Mariana Lomé es docente, consultora e investigadora. Lic. en Ciencias de la Comunicación, especialista en Organizaciones sin Fines de Lucro y magíster en Gestión de la Cultura. Es profesora y directora de proyectos en el Centro de Innovación Social, Universidad de San Andrés, Buenos Aires, Argentina. mlome@udesa.edu.ar

 

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