La Fundación Navarro Viola ampliará el alcance de su programa Primera Infancia Primero (PIP) y este año proyecta acompañar a 2.000 familias en situación de vulnerabilidad en distintos puntos del país.
La iniciativa, centrada en el desarrollo infantil temprano, se apoya en un enfoque territorial que integró a gobiernos locales, organizaciones sociales y comunidades.
El crecimiento del programa apunta a generar un modelo de intervención que combine impacto social directo con fortalecimiento de capacidades locales.
Expansión y articulación local
A partir de abril, el programa inició capacitaciones en 19 nuevos municipios, en su mayoría incorporados por primera vez. Entre ellos se encontraron Aguilares, Balcarce, Bella Vista, Brandsen, Cañuelas, Dolores, La Matanza, Marcos Paz, Necochea, San Miguel de Tucumán y Tafí Viejo, entre otros.
En paralelo, otros ocho municipios —como Ezeiza, Luján, Mercedes y Tunuyán— comenzaron su implementación en marzo y planificaron una segunda cohorte para el segundo semestre.
La expansión territorial apunta a una lógica de crecimiento basada en la articulación con actores locales, lo que permitió adaptar el programa a las realidades de cada comunidad y sostener su implementación en el tiempo.
Intervención directa
El programa se desarrolla durante 20 semanas y se apoya en un dispositivo clave: las visitas domiciliarias semanales. Facilitadores comunitarios, integrados a equipos municipales y organizaciones sociales, trabajan directamente con las familias.
Durante esos encuentros, acercan materiales diseñados para estimular el desarrollo infantil a través del juego, la música, el arte y la lectura, con foco en la alfabetización temprana.
Al mismo tiempo, los facilitadores recibieron capacitación continua y acompañamiento técnico, lo que fortalece no solo la intervención directa, sino también las capacidades instaladas en cada territorio.
Primera infancia y desigualdad
El programa se enfoca en los primeros años de vida, una etapa clave para el desarrollo cognitivo, emocional y social. En contextos de vulnerabilidad, este tipo de intervenciones busca reducir brechas estructurales desde el inicio.
A lo largo de su implementación, PIP se consolidó como una experiencia replicable y escalable, capaz de incidir tanto en la vida cotidiana de las familias como en las estrategias de política pública vinculadas a la primera infancia.
El impacto no se limita a los niños y niñas: también fortaleció el entramado comunitario, generó redes de acompañamiento y promueve nuevas formas de trabajo entre el Estado y la sociedad civil.
Un enfoque de triple impacto
La iniciativa combinó dimensiones de triple impacto:
- Social: acompañó a familias y promovió el desarrollo integral en la primera infancia.
- Institucional: fortaleció capacidades locales y articulación intersectorial.
- Económico indirecto: apostó a reducir desigualdades estructurales que inciden en trayectorias educativas y laborales futuras.
Este tipo de iniciativas pone el foco en cómo intervenir a tiempo para que las condiciones de origen no definan el futuro. En esa intersección entre comunidad, política pública y desarrollo, la primera infancia aparece como un territorio clave.
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