Por Fátima Cheade
Un campo con miles de tulipanes florecidos es la postal que se llevan los turistas que visitan el jardín de Keukenhof, en Holanda, y también el valle de Paravachasca, en la provincia de Córdoba.
A solo una hora de la capital cordobesa, el balneario de Despeñaderos, a orillas del río Xanaes, se convirtió en un atractivo turístico que combina naturaleza, sustentabilidad, gastronomía local y tranquilidad en un lugar donde antes crecía un basural.
Lo curioso es que el mayor atractivo turístico no corresponde a los meses de verano, cuando los bañistas escapan del calor para disfrutar del río, sino en invierno, durante los meses más fríos, cuando florecen los tulipanes entre llanuras y montañas, con su abanico de colores vibrantes.
Las protagonistas de este cambio son vecinas del lugar que, con el acompañamiento y la ayuda de la municipalidad, le dieron forma a Despeñaderos Florece, un proyecto de turismo sustentable que ocupa una hectárea de tierras municipales muy cerquita del río, que en los meses de invierno invita a vivir la experiencia de los tulipanes en pleno corazón cordobés y que funciona gracias a la interacción entre lo público y lo privado.
La historia de Despeñaderos Florece comenzó con el impulso de una joven intendenta para lograr empleo verde en su comunidad. Enseguida, este proyecto se materializó en una alianza entre la municipalidad y la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Nacional de Córdoba.
Ya estaba dado el primer paso: tenían la capacitación en floricultura, marketing y estrategias de venta vinculadas a la actividad. Mientras, importaban los bulbos de tulipanes directamente de Países Bajos, el Ministerio de Bioagroindustria les daba su apoyo y llegaba una línea de financiación del Banco de Desarrollo de América Latina y Caribe (CAF). El objetivo: promover el turismo sostenible en esta localidad. Todos tirando para el mismo lado.
El resultado llegó enseguida y, en la última temporada florecieron 10.000 tulipanes, además de flores nativas y aromáticas, narcisos, junquillos, alhelíes y girasoles. Las perspectivas para el año próximo son todavía más alentadoras. “En el 2026, vamos por los 20.000 tulipanes”, dice en diálogo con Intersección Carolina Basualdo, intendenta de Despeñaderos y principal impulsora de este proyecto.
Basualdo cuenta que los primeros bulbos de tulipanes se trajeron directamente de Países Bajos. “El primer tiempo fue de prueba, en el invernadero; recién cuando comprobamos que funcionaba, los llevamos al exterior”, precisa la joven intendenta, quien ya venía trabajando con un plan de acción climática local, a través del cuidado de su bosque nativo.
El desarrollo de Despeñaderos Florece fue una vuelta de tuerca a todo lo que se venía haciendo y, lo que empezó siendo un invernadero de flores nativas, se convirtió en “terrazas de tulipanes”, una flor que tiene un atractivo turístico particular, dónde se cultive. Así, algo chiquito, en un invernadero, con flores de corte, terminó siendo algo mucho más grande.
Todos ganan
Con este impulso, en los dos años que lleva en funcionamiento, el crecimiento del proyecto fue exponencial. De un año a otro la extensión de cultivos creció un 150 por ciento. Pero lo que realmente sorprende es la cantidad de visitantes que se recibieron. Solo en los meses de invierno del 2025 (mediados de junio-finales de agosto), anotaron 3.700 visitas.
“Esto es algo que nunca sucedió en la historia de Despeñaderos, una localidad básicamente agroindustrial en la que los turistas solamente llegaban en verano, atraídos por el balneario”,
dice la joven intendenta de esta ciudad de llanuras y montañas que se baña con las aguas del Río Xanaes.
“Tener en pleno invierno esa cantidad de gente derrama no solamente en la cooperativa Despeñaderos Florece, sino en otras actividades. De hecho, inmediatamente se abrió en conjunto con la agencia Córdoba Turismo una convocatoria a pasteleras de la ciudad para seleccionar productos para ofrecer en meriendas y picadas y se hizo una alianza con una productora de blends de té”, cuenta Basualdo con orgullo.
Así, a la experiencia de los tulipanes, se sumó la degustación de productos locales, lo que duplicó la cantidad de empleos iniciales que había generado el proyecto y consolidó un grupo de trabajo que había comenzado con cinco mujeres y que en la actualidad suma 16.
Este proyecto de triple impacto social-productivo-ambiental, es un modelo de lo que se logra cuando se produce la intersección de lo público y lo privado: el terreno que utiliza es municipal, así como también lo fue la inversión inicial; la capacitación es pública, a través de la Universidad Nacional de Córdoba y del ministerio de Agrobioindustria; y el trabajo es a través de cooperativas.
Además, a la oferta turística, se sumó un Diplomado en Turismo Rural, que dura siete meses y que se dicta allí conjuntamente con la Universidad Nacional de Córdoba, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y la Universidad Católica de Córdoba.
¿Por qué no tulipanes?
La faceta turística de este proyecto de producción de flores comenzó en el invernadero, con una pregunta simple, lanzada al azar: ¿por qué no tulipanes?. Probaron el primer año y resultó. No sólo tuvieron la primera producción de tulipanes, sino que se vendieron todos enseguida. El segundo año, decidieron probar a cultivar los tulipanes en el exterior, en las terrazas repartidas en la hectárea de la que consta el predio, y también funcionó.
“La gente viene a ver los tulipanes, pero la verdad es que se llevan una experiencia única, porque las chicas de Despeñaderos Florece les hacen sentir las flores, las plantas, le cuentan cómo nació el proyecto, cómo se cultivan y los cuidados que requieren. Desde lo vivencial, es algo único”, dice la intendenta de este pueblo de 8.000 habitantes del departamento de Santa María, ubicado a 50 kilómetros de la Ciudad de Córdoba, a 31 de Alta Gracia y a 60 de Embalse (Valle de Calamuchita).
La cercanía de estos lugares, también derrama visitantes hacia Despeñaderos. “Muchos turistas que van a esa zona, como están cerca, después pasan a ver los tulipanes. Este año nos visitó mucha gente de Rosario, Salta y Buenos Aires. También vinieron de Colombia y de países limítrofes. El interés es tal que se está por replicar el proyecto en Belén, una ciudad de Costa Rica, junto con la Universidad Nacional de Córdoba y de ese país”, agrega.
Florecer en comunidad
Con Despeñaderos Florece, ya ganaron dos reconocimientos: En 2024, los Premios Britcham (Cámara de Comercio Británica en Argentina) Argentina al Liderazgo Sostenible, con un tercer puesto en la categoría Organismos públicos, en el que destacaron la “diversidad, equidad e inclusión”. En 2025, el Oro en los Premios Bitácora, categoría Desarrollo de Turismo Sustentable, como proyecto destacado y por la propuesta desarrollada en la temporada de tulipanes.
Estos premios tienen su contraparte en las mujeres que día a día trabajan con sus manos en el invernadero y en el exterior, sin importar si hace frío o si agobia el calor.
María, con sus 43 años, cuenta que pasó de ser ama de casa a “liderar uno de los proyectos más grandes que tiene Despeñaderos”. Dice que esto le “cambió la vida”
y que hoy tiene algo que no tenía antes: “autonomía económica, un equipo de trabajo y la interacción con la gente que llega al lugar de todas partes del país e, incluso, del exterior”.
María, junto a otras cuatro mujeres, son quienes mantienen el predio y atienden a los visitantes. En la temporada de los tulipanes están todos los días allí.
“La gente se va feliz de vivir la experiencia Florece, que comienza con un recorrido por los cultivos del lugar, que incluyen los tulipanes en invierno y girasol, rosas, flores nativas y aromáticas. Les explicamos sus características, su forma de reproducción y los cuidados que necesitan, y concluimos con una degustación de los tés que producimos en el lugar y de un alfajor regional, o una merienda elaborada por pasteleras locales”, cuenta María.
Valentina tiene 24 años y desde hace un año también forma parte de Despeñaderos Florece. Si bien comenzó a vincularse con el proyecto contagiada por el entusiasmo de su madre, una de las primeras mujeres que comenzaron a trabajar en él, luego se comprometió con él a pleno y hoy siente que aprendió no sólo de flores, sino de materiales compostables y de biodiversidad.
“Al principio, me ocupé de temas administrativos, de manejo de redes sociales, de tomar las reservas de los visitantes y de la gestión de compras para las visitas. Con el tiempo, el proyecto me fue enseñando mucho más y aprendí sobre flores de corte y nativas, de la importancia de trabajar con materiales compostables, de cuidar la biodiversidad y hasta de rescatar abejas nativas. Todo esto transformó mi mirada hacia el mundo”, dice Valentina.
Además de trabajar, se capacitan en forma constante sobre plagas, nativas, reproducción y armado de ramos con flores de corte. “La Municipalidad y la Facultad de Ciencias Agropecuarias nos acompañan en este crecimiento”, rescata Valentina, que dice que Despeñaderos Florece le cambió la vida: “Me dio un propósito, un aprendizaje constante y la convicción de que cuando uno cuida la tierra y se lo propone, la tierra y la vida también te devuelve”.
La intendenta destaca que con este proyecto se logró un objetivo que para ella era fundamental: el empleo verde. “Tenemos mujeres que trabajan y son quienes cosechan, siembran y atienden también este lugar, que permite generar no solamente flores de corte, sino también una experiencia de vivir las flores y de disfrutar de la pastelería que elaboran las emprendedoras de la localidad y de los blend de tés de lavanda, manzanilla y peperina, macerados en dulce de leche que se producen allí (Florece-Té).
La experiencia incluye el recorrido por los campos de flores y el invernadero, los tips para el cuidado del tulipán que se llevarán, además de la merienda en el balneario municipal, muy cerquita del río, entre las flores. Mientras, las mujeres de Despeñaderos ya se están capacitando con la Universidad Católica de Córdoba y el INTA para agregar al paseo, un mariposario.
En febrero es el momento de los Corsos Color que se realizan hace más de 30 años y que tienen la característica de ser “con carbono neutro”, lo que significa que se reducen al mínimo las emisiones de carbono y se compensan aquellas que no se pueden eliminar, con el fin de alcanzar un balance neto de cero emisiones, objetivo esencial en la lucha contra el cambio climático.
Además de estos carnavales con carbono neutro, el medioambiente se cuida también con equipamiento realizado a base de elementos reciclados y energía producida por paneles solares.
¿Por qué se llama Despeñaderos?
La localidad recibió ese nombre por un puente carretero que se construyó en el lugar y que se llamó “el puente del despeñadero”, en referencia a las características del terreno, con muchas barrancas debido a la erosión. Con el tiempo, este nombre fue adoptado por los habitantes del lugar, pero no fue hasta 1953 en que pasó oficialmente a denominarse así, por un decreto del Ejecutivo Provincial.
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