Por Martín Font,
Director de Comunicación y Educación Ambiental de Fundación Vida Silvestre Argentina
Partamos de una base: necesitamos cambiar la relación que tenemos con nuestro planeta. Según el Informe Planeta Vivo de WWF, como sociedad consumimos alrededor de un 70% más de recursos naturales de los que la Tierra puede regenerar.
Esta realidad nos enfrenta a desafíos ambientales, sociales y económicos cada vez más complejos. Y aunque la magnitud del problema puede resultar abrumadora, también nos invita a imaginar algo distinto: la posibilidad de construir una relación más equilibrada y responsable con la naturaleza.
La base del cambio
Desde Vida Silvestre estamos convencidos de que la educación es la base de ese cambio. No sólo porque permite comprender los desafíos que enfrentamos, sino porque tiene el poder de inspirar acciones y transformar conductas.
Entendemos la educación ambiental como una herramienta para promover el pensamiento crítico, fortalecer el compromiso ciudadano y generar respuestas concretas frente a los desafíos ambientales de nuestro tiempo.
En 2021, Argentina dio un paso muy importante con la sanción de la Ley de Educación Ambiental Integral. La norma establece un marco fundamental para construir una ciudadanía más consciente, informada y participativa.
Sin embargo, como ocurre con toda gran iniciativa, el verdadero desafío comienza cuando llega el momento de llevarla a la práctica y convertir sus principios en experiencias capaces de generar cambios reales.
Fue entonces cuando nos preguntamos dónde podíamos hacer nuestro mayor aporte. Y encontramos una respuesta clara: apostar a la formación de formadores.
Porque si hay algo que hemos aprendido es que las transformaciones profundas nunca son individuales. Necesitamos más personas involucradas, más voces impulsando el cambio y más actores comprometidos con la construcción de un futuro sostenible.
Por eso decidimos enfocar nuestros esfuerzos en docentes, educadores y multiplicadores ambientales, personas con una enorme capacidad de inspirar y movilizar a otros.
Cada docente que incorpora la educación ambiental en sus prácticas puede multiplicar su impacto en cientos de estudiantes a lo largo de su carrera. Cada multiplicador ambiental puede acercar nuevos conocimientos y oportunidades a su comunidad. Allí reside la fuerza de esta estrategia: cuando se forma a quien enseña, el alcance del cambio crece de manera exponencial.
Los docentes y multiplicadores no sólo necesitan motivación. También requieren herramientas, conocimientos y recursos que les permitan acompañar a las nuevas generaciones en la construcción de soluciones.
Necesitamos educadores capaces de formar ciudadanos activos, críticos y comprometidos con el cuidado del ambiente, preparados para actuar frente a desafíos tan urgentes como la pérdida de biodiversidad o el cambio climático.
Comunidad de aprendizaje
Con esa convicción, hace ya nueve años iniciamos junto a Santander Argentina una alianza que hoy constituye uno de los programas de educación ambiental más importantes de nuestra organización. Lo que comenzó como una apuesta compartida por la educación fue creciendo hasta convertirse en una comunidad de aprendizaje que sigue expandiéndose año tras año.
Los resultados nos llenan de orgullo: desarrollamos 20 cursos gratuitos de capacitación, contamos con más de 20.000 docentes y multiplicadores ambientales inscriptos, generamos más de 100 actividades educativas para trabajar dentro y fuera del aula y despertamos el interés de más de 200.000 visitantes únicos.
Pero más allá de las cifras, lo verdaderamente valioso es el efecto multiplicador que hay detrás de cada una de ellas. Porque cada docente capacitado representa nuevas conversaciones, nuevas experiencias y nuevas oportunidades para acercar a niños, niñas, jóvenes y comunidades enteras a una relación más respetuosa con la naturaleza.
Nuestro objetivo sigue siendo el mismo: contribuir a que educadores y multiplicadores cuenten con las habilidades, los conocimientos, la motivación y los recursos necesarios para convertirse en agentes de cambio.
Personas capaces de promover acciones positivas que ayuden a reducir nuestra huella ambiental y a proteger la biodiversidad y el clima de los que depende nuestro bienestar.
Estoy convencido de que el futuro sostenible que imaginamos no se construirá únicamente en laboratorios, empresas o espacios de decisión política. También se construirá en las aulas, en los clubes, en los centros comunitarios y en cada espacio donde alguien tenga la oportunidad de aprender e inspirar a otros.
El camino es largo y el desafío es enorme. Pero también es motivo de esperanza. Porque cada vez que un docente se capacita, cada vez que una persona decide compartir lo aprendido y cada vez que una comunidad se anima a actuar, estamos dando un paso más hacia una sociedad que entiende que cuidar la naturaleza es, en definitiva, cuidarnos a nosotros mismos.
















