Por Andrea Vulcano
Lorena es parte del staff de una organización de la sociedad civil y utiliza el ChatGPT para redactar el primer borrador de un proyecto. En otra OSC, una integrante del equipo resume con inteligencia artificial una reunión antes de compartirla con sus compañeros. En otra, la persona responsable del área decomunicación le pide ayuda a la herramienta para escribir un newsletter o adaptar un contenido a redes sociales.
Se trata de situaciones que, hasta hace poco tiempo, resultaban excepcionales. Sin embargo, hoy empiezan a formar parte de la vida cotidiana de muchas organizaciones.
Es un secreto a voces que la inteligencia artificial ya irrumpió en el tercer sector. Sin embargo, lo hizo de manera anárquica, espontánea, sin un plan institucional o una decisión estratégica detrás. En la mayoría de los casos, llegó con el mero fin de ordenar información o facilitar tareas repetitivas.
Una pregunta mayor
¿Pero cómo pasar del uso individual de la IA a una estrategia compartida que fortalezca a la organización? Las OSC en el país suelen trabajar con equipos reducidos, presupuestos ajustados y diversos proyectos en simultáneo. En ese contexto, cada hora que se pueda ganar para el trabajo con las comunidades, la incidencia pública o el diseño de nuevos programas, puede resultar valiosa.
La inteligencia artificial tiene potencialidad para ser mucho más que una curiosidad tecnológica: puede convertirse en un recurso que contribuya con el fortalecimiento de las capacidades institucionales y, así, potenciar el impacto social.
Este camino ya comenzó a ser recorrido por algunas organizaciones en la Argentina. Ya en 2024, hace dos años, la Red de Acción en Ciudadanía (RACI) había publicado una primera guía sobre inteligencia artificial pensada específicamente para organizaciones de la sociedad civil, y hoy está a un paso de volver a ofrecerla, actualizada.
Ese mismo año, Wingu -una organización que desde hace más de dos décadas acompaña procesos de transformación digital en el tercer sector- había reunido referentes de más de 35 organizaciones para explorar aplicaciones concretas de estas herramientas.
Poco después, la Fundación SES organizó junto a la compañía Microsoft, la ONG Trust for the Americas y la Organización de los Estados Americanos una Semana de la Inteligencia Artificial que convocó a más de 170 líderes de organizaciones de todo el país.
Carolina Barada, directora ejecutiva de Wingu, destaca que
las OSC de la Argentina están “más avanzadas” en la adopción de herramientas de inteligencia artificial, en relación a las organizaciones de otros países del continente.
Es que, a diferencia de otros procesos de transformación digital, la IA no presenta barreras de ingreso: “La incorporación de la inteligencia artificial es bastante sencilla de alcanzar y, además, genera democratización porque todos partimos de un mismo punto: no conocemos y estamos aprendiendo a usarla”, plantea en diálogo con Intersección.
Del uso individual a una estrategia compartida
Esta facilidad de acceso -que es parte constitutiva del ADN de la IA- explica en gran medida su rápida expansión. Sin necesidad de contar con conocimientos técnicos avanzados, cualquier integrante de una organización puede comenzar a explorar su uso ya sea para redactar un correo electrónico, resumir un documento extenso, preparar una presentación, ordenar una base de datos o generar el primer borrador de una propuesta para un donante.
De ese modo, la tecnología empezó a integrarse a la vida cotidiana de las organizaciones incluso antes de que ellas mismas definieran una política sobre cómo utilizarla.
Y las realidades que atraviesan buena parte de las OSCs en el país brindó terreno fértil para la utilización de la herramienta. “Las organizaciones de la sociedad civil necesitan todo el tiempo estar optimizando procesos porque tienen bajo presupuesto, más en este contexto de crisis en el que muchas se vieron desfinanciadas y necesitaron involucrar tecnologías para poder seguir haciendo su trabajo a menor costo“, analiza Barada.
A eso se suma otra característica del sector, que es una mayor predisposición a experimentar con nuevas herramientas y menos barreras burocráticas para incorporarlas que en otros ámbitos. El resultado es un escenario en el que la inteligencia artificial ya empieza a impactar en la forma de trabajo de muchas organizaciones. Hoy, su principal uso
está vinculado con la asistencia de tareas: redactar proyectos, elaborar contenidos, tomar notas de reuniones, preparar presentaciones, analizar información o mejorar la comunicación institucional.
Sin embargo, para Carolina Barada, el desafío recién empieza. “Lo que vemos es
que hay mucho uso individual de la herramienta de IA en las personas que trabajan en organizaciones pero lo que falta es diseñar una estrategia conjunta sobre el uso de la herramienta”, advierte.
Asistencia + impacto
Aunque el uso más extendido de la inteligencia artificial dentro de las organizaciones sociales actualmente está asociado a la asistencia de tareas cotidianas, algunas ya comenzaron a recorrer un camino más ambicioso.
El objetivo ya no es solo ahorrar tiempo sino aprovechar esa tecnología para mejorar programas, ampliar servicios y aprender de la información que las mismas organizaciones producen todos los días.
Uno de esos ejemplos es Diagonal, una organización que acompaña procesos de reinserción laboral de personas mayores de 45 años. Con el acompañamiento de Wingu, Diagonal desarrolló a Diagui, un asistente virtual que orienta a quienes se acercan por primera vez a la organización y responde en forma online consultas durante las 24 horas los siete días de la semana.
Más allá de dar cauce a las inquietudes, el valor del proyecto se multiplicó cuando desde la organización vislumbraron la posibilidad de analizar -de manera anonimizada- y extraer conclusiones de las “conversaciones” mantenidas por la plataforma -una suerte de chatbox- con las personas interesadas.
Así, por ejemplo descubrieron que una gran parte de las consultas terminaba derivando en cuestiones vinculadas con la educación financiera. Ese simple hallazgo permitió identificar una necesidad que no estaba contemplada en los programas que llevaba adelante la asociación civil Diagonal. De esa manera fue que motorizaron una alianza con una entidad bancaria con el fin de incorporar contenidos específicos sobre ese tema y ponerlo a disposición de quienes consultaban.
24/7
“Este es un buen caso de uso de la herramienta de IA por parte de una organización para generar más impacto -porque puede atender consultas las 24 horas- y, además, para readecuar los servicios que brinda la organización. Este tipo de experiencias marcan lo que esperamos que suceda en las organizaciones”, resume Barada.
Otro caso es el de Mujeres 2000, una organización que trabaja con mujeres emprendedoras de sectores vulnerables. Allí comenzaron a desarrollar una solución basada en inteligencia artificial para agilizar la evaluación de quienes solicitan microcréditos.
A partir de criterios previamente definidos por la propia organización, la herramienta realiza una primera instancia de análisis que reduce tiempos y facilita el acceso al programa, sin reemplazar la decisión institucional. Ambas experiencias muestran un cambio de enfoque: la IA deja de ser únicamente un asistente que ayuda a escribir más rápido o resumir documentos, y comienza a convertirse en una herramienta capaz de fortalecer programas de impacto.
Una aliada para la generación de fondos
Si existe un área en la que la inteligencia artificial promete abrir nuevas posibilidades para las OSCs, esa es en la generación de recursos. Durante años, gran parte del esfuerzo de los equipos estuvo puesto en redactar proyectos, adaptar postulaciones a distintas convocatorias, elaborar informes para donantes y analizar resultados. Se trata de procesos que requieren un gran expertise.
La directora ejecutiva de Wingu cree que la IA brinda una oportunidad interesante aunque advierte que el punto de partida debe seguir siendo el conocimiento que la organización tiene sobre sí misma, algo que ninguna herramienta ni tecnología puede reemplazar.
“Para Wingu la IA es un asistente, pero la organización tiene que tener su idea, sus
objetivos, y, recién después de eso, se puede entrenar a la IA para que le dé el formato que necesitamos para aplicar a una convocatoria para financiamiento”, explica Barada.
Pero el potencial va más allá de redactar mejor los proyectos: “Con herramientas de IA, la organización puede aprender mucho más rápidamente de sus propias métricas y eso puede ser muy útil para la generación de fondos y también para la presentación en convocatorias”, sostiene la referente de Wingu en diálogo con Intersección.
Poder identificar rápida y sencillamente qué iniciativas de las que la OSC tiene en marcha funcionan mejor, qué perfiles de donantes responden con mayor frecuencia o qué estrategias obtuvieron mejores resultados, puede ayudar a tomar decisiones basadas en evidencia y no únicamente en intuiciones.
Una conversación pendiente
Sin embargo, incorporar inteligencia artificial no es solo elegir una plataforma o capacitar a los equipos para escribir mejores prompts; el mayor desafío es abordar la herramienta institucionalmente.
En muchas organizaciones, distintas personas usan IA de manera individual y con criterios propios. Eso puede generar superposición de esfuerzos, inconsistencias en el manejo de la información e incluso riesgos vinculados con la privacidad de datos.
Por eso, desde Wingu promueven que cada OSC abra una conversación colectiva sobre el lugar que le darán a la inteligencia artificial dentro de su estrategia institucional.
“Alentamos a las organizaciones a elaborar una suerte de manifiesto sobre uso de IA, que puede ir cambiando con el tiempo, pero que vaya estableciendo las bases de cómo van a usarla. Que sea como un semáforo en el que señalemos qué queremos darle o no a la herramienta”, explica Carolina Barada.
Ese manifiesto no pretende convertirse en un reglamento rígido sino en un acuerdo vivo que defina qué información puede compartirse y qué información no con una herramienta de inteligencia artificial, cómo se informará a los destinatarios cuando una interacción involucra a la IA, entre otros aspectos posibles de abordar.
“Hay muchas decisiones que se están tomando en el seno de las organizaciones y que son tácitas o quedan en el plano individual.
Lo que buscamos es que las organizaciones levanten la mirada y tomen conciencia de que esto es una estrategia y una decisión organizacional”, resume.
Compartir experiencias, aprender en red
Con la convicción de que la innovación también se construye compartiendo experiencias, Wingu prepara para las próximas semanas el lanzamiento de un Club de Inteligencia Artificial”, una iniciativa que será abierta y gratuita y que, en una primera etapa, estará dirigida a OSC de Argentina, México y Colombia interesadas en explorar usos de la IA con impacto social.
La propuesta -detalla Carolina Barada- incluirá encuentros mensuales -virtuales y también presenciales- en los que las organizaciones podrán compartir aprendizajes, intercambiar experiencias y construir redes para enfrentar los desafíos actuales.
“Es importante fomentar comunidades de práctica para que las organizaciones puedan apoyarse entre sí en su camino de transformación digital y fortalecimiento institucional”, sostiene.
Porque aunque el camino que siga no está aún trazado, la inteligencia artificial no podrá reemplazar el conocimiento acumulado por las organizaciones, ni la experiencia de quienes trabajan junto a las comunidades, ni la sensibilidad necesaria para comprender problemas complejos.
Sin embargo, sí podrá convertirse en una aliada para hacer un uso más inteligente de los recursos disponibles, aprender más rápido de la propia experiencia y liberar tiempo para aquello que -afortunadamente- sigue siendo insustituible, que es el trabajo con las personas.

















